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El Coloso: Cuarta Parte

El Coloso: Cuarta Parte

  11-05-2018     nacional      Luis Farias Mackey

Pues bien, la delicadeza norteamericana se evidenció al enviar a este egregio diplomático como ministro plenipotenciario a España. Estando allá, se reunieron los embajadores norteamericanos en España, Londres y París y expidieron lo que se conoce como el “Manifiesto de Ostende”. En él leemos: “Nuestra historia nos prohíbe adquirir Cuba sin el consentimiento de España, a menos que la adquisición no se justifique por la ley de nuestra propia conservación (…) En consecuencia, cuando nosotros hayamos ofrecido a España, por Cuba, un precio muy superior a su valor actual, y este precio sea rechazado, la cuestión tendrá que plantearse así: ¿Puede poner Cuba española en peligro cierto nuestra paz interior y la existencia misma de nuestra patria? En caso afirmativo, todas las leyes humanas y divinas nos justificarían el arrebatársela a España, estando en nuestro poder hacerlo, y esto en virtud del mismo principio que justifica a un individuo derrumbar la casa de su vecino cuando no tiene otro medio de preservarse del incendio de su propia casa(71)”. Y, concientes de su aberrante cuán injusta opinión, concluían proponiendo a Washington, cual forajidos en la noche: “… si debemos afrontar la calamidad de una guerra, hagámosla ahora que las grandes potencias están comprometidas en una formidable lucha (la guerra de Oriente) que va a consumir todas sus fuerzas y energías(72) ”.

Para fortuna de España y Cuba el Manifiesto de Ostende no pasó de ser una muestra documentada de la diplomacia norteamericana, pero habría de llegar a la presidencia James Buchanan, para quien, según su discurso inaugural, si lograba “anexar (…) a la Unión, la isla de Cuba(73)” exhalaría tranquilo su último suspiro. De ese entonces Fabela rescata una intervención del gobernador de Luisiana, Mr. Wickliffe, en la que sostiene que “está en el destino del Sur (de los Estados Unidos, por supuesto) extenderse hacia el Sur. Es igualmente con este fin que la administración ha resuelto ocupar una porción de México(74) ”. Tal despropósito se sostenía en 1859, doce años después del robo de más de la mitad del territorio mexicano, pero, como hemos visto, los Estados Unidos pretendían aún más territorio a nuestra costa. La guerra de secesión impidió que las garras del coloso hicieran de las suyas.

En octubre 1868 se dio la primera guerra de independencia en Cuba, los cubanos solicitaron de Estados Unidos el reconocimiento de beligerantes, Éstos, por supuesto, no contestaron. Pero su presidente, Mr. Jonson, sostuvo en diciembre ante el Congreso que “una política nacional inteligente parece que debía sancionar la adquisición e incorporación en nuestra República Federal de las diversas comunidades adyacentes, continentales (léase México) e insulares (entiéndase Cuba y Puerto Rico)(75) ”. El siguiente presidente, Grant, se ofreció como mediador (interesado) entre España y Cuba imponiendo, eso sí, sus condiciones: concluir la guerra y vender la isla a Estados Unidos. Condiciones que llevaron al fracaso todo tipo de arreglo.

En el Capitolio, Mr Orth dejaba para la posteridad el siguiente párrafo: “Gobiernos europeos, política europea y poder europeo, dejarán pronto de existir en estos vastos dominios, comprendidos desde el polo Norte hasta el Ecuador. En todas esas naciones y más allá de ellas flotará nuestra bandera, y debajo de ella disfrutarán todos los seres humanos de las bendiciones del gobierno libre…(76) ”.

Esta primera guerra de independencia fue sometida y el armisticio se firmó en febrero de 1878. Baste señalar que, a diferencia de Estados Unidos, casi todos las naciones latinoamericanas reconocieron la beligerancia de las fuerzas insurgentes, siendo México la primera en hacerlo el 5 de abril de 1869.

En 1895 Martí rescata para Cuba el aliento de independencia. Los Estados Unidos se aprestan a apoyar interesadamente su causa. Entre 1895 y 98 más de 80 expediciones militares fueron organizadas y financiadas desde su territorio, aunque los presidentes Cleveland y Mac Kinley juraban neutralidad a España y al concierto internacional.

Cuando en 1896 se discutía en el Congreso el reconocimiento de beligerantes a las fuerzas independentistas, el naive Mr Boutelle argumentó en contra aduciendo que ello provocaría la guerra con España. Del foro surgió en coro por respuesta: “Eso es precisamente lo que queremos(77) ”. El Congreso termina por resolver reconociendo el estado de guerra y recomendando a su gobierno “estar pronto a proteger, por la intervención si es preciso, los intereses de los ciudadanos americanos(78) ”.

En consecuencia, el presidente Mac Kinley comunica a España el “natural y legítimo temor de que pueda sobrevenir algún incidente repentino que inflame las mutuas pasiones, hasta el punto de hacerlas indomables, y acarree consecuencias que, por muy deplorables que fueran, acaso no sería posible evitar(79) ”. El coloso andaba en busca de casus belli.

Providencialmente el 16 de febrero una misteriosa explosión hundió en la bahía de la Habana el barco de guerra norteamericano “Maine”, falleciendo la mayoría de su tripulación. ¡Sangre norteamericana había sido derramada en naves norteamericanas! Washington se apresuró a nombrar una comisión que interviniendo en otro país determinara las causas de la explosión, España en mal momento aceptó y nombró a otra. Los norteamericanos sostuvieron por causa una explosión exterior, los españoles una interior. La historia le ha dado la razón a los segundos.

Ante tal diferendo España propuso que ambas comisiones se reunieran y revisaran sus peritajes. Estados Unidos se negó a hacerlo. Acto seguido, conminó a España a resolver el conflicto con Cuba o el Presidente sometería al Congreso la cuestión de las relaciones con España, incluido el asunto del Maine. El coloso tendía la cama.
Nadie se preguntó que tenía que hacer un barco de guerra norteamericano en aguas cubanas en plena guerra de insurrección y por qué los Estados Unidos no solicitaron de España el consentimiento para que atracara en sus aguas.

España declara el armisticio a Cuba el 9 de abril, pero la maquina de guerra norteamericana ya no podía pararse, el 13 Mac Kinley solicita del Congreso la intervención en Cuba, arguyendo que “la única esperanza de remediar y aquietar una situación ya insoportable es una pacificación impuesta por nosotros(80) ” El armisticio, pues, no valía, tenía que ser impuesto por las bayonetas yankis y, además, “en nombre de la humanidad, en nombre de la civilización, en obsequio también de los intereses americanos en peligro, que nos da el derecho (?) de alzar la voz, la guerra de Cuba tiene que acabarse”, sólo le faltó decir, cuando a nosotros así convenga.

El 18 de abril el Congreso autoriza a su presidente el empleo de las fuerzas de mar y tierra, “por cuanto las detestables condiciones en que, por más de tres años, se ha encontrado isla tan próxima a nuestras costas como la de Cuba han sublevado el sentido moral del pueblo de los Estados Unidos, han sido un desdoro de la civilización cristiana, culminado, como en el caso presente ha sucedido, en la destrucción de un buque de guerra de los Estados Unidos, con doscientos sesenta y seis de sus oficiales y tripulación, hallándose dicho barco en visita de amistad en el puerto de la Habana(81) ”. Eso sí, asentando “que los Estados Unidos, por los presentes, declaran no estar dispuestos ni tener intención de ejercer soberanía, jurisdicción o dominio sobre dicha isla, excepto en cuanto a su pacificación se refiere, y afirman estar determinados a entregar su gobierno y dominio al pueblo de la isla, una vez conseguida esta pacificación(82) ”.

Sin declarar la guerra Estados Unidos captura varios barcos españoles en el Atlántico y es hasta el 25 de abril que Mac Kinley declara la guerra ¡con efectos retroactivos! El Congreso, de comparsa, determina: “La guerra existe; por la presente se declara que existe y que ella ha existido, a partir del 21 de abril inclusive, entre los Estados Unidos de América y el reino de España. 25 de abril de 1898(83) ”.

Obvia señalar que no existía pacto alguno entre las fuerzas cubanas independentistas y los Estados Unidos. Cuando se gana la guerra, la bandera que se iza es la norteamericana, no la cubana, y ningún jefe insurrecto es invitado a recibir la plaza que es entregada a los norteamericanos que para entonces habían olvidado que no pretendían ejercer soberanía, jurisdicción o dominio sobre la isla.

El tratado de Paz(84) prescribe que la “isla, cuando sea evacuada por España, va a ser ocupada por los Estados Unidos”. Además, que España les cede “la isla de Puerto Rico y las demás que están ahora bajo su soberanía en las Indias occidentales y la isla de Guam en el archipiélago de las Marianas o Ladronas (…) el archipiélago conocido por las islas Filipinas, que comprende las islas situadas dentro de…”. Al decir de Aranda, el coloso pensaba ya sólo en su engrandecimiento.

Filipinas se había levantado contra España durante todo el siglo XIX. En 1896 se dio la insurrección decisiva. Con la guerra de Estados Unidos contra España, los filipinos vieron en el enemigo de su enemigo un aliado natural y pactaron una alianza con los norteamericanos, misma que estos últimos desconocieron cuando firman la paz con España, bajo el pretexto de que los filipinos tampoco estaban aptos para gobernarse así mismos.

Volviendo a América, desde 1846 los Estados Unidos ambicionaban un canal que comunicase el Pacífico con el Atlántico, el presidente Hayes en 1880 sostenía ante el Congreso: “el canal interoceánico a través del istmo americano modificará de una manera esencial las relaciones geográficas entre las costas atlánticas y pacíficas de los Estados Unidos y el resto del mundo. Esta será la gran vía oceánica entre nuestras costas del Atlántico y del Pacífico y una porción virtual de la línea de costas de los Estados Unidos(85) ”. Pronto la historia demostraría que pensaban en más que una costa virtual. Para 1898 Mac Kinley ya afirmaba que “nuestra política nacional exige, ahora más que nunca, que este canal sea dominado por nosotros(86) ”. Qué pensaba la política internacional y la propia de los posibles afectados es algo que a los norteamericanos nunca les ha importado. Cuando no es su seguridad, es la civilización o la humanidad la que está en riesgo y demandan sus servicios de gendarme planetario.

En el caso concreto, fieles a su origen, los Estados Unidos pactaron ¡con Inglaterra!(87) el permiso de construir un canal en América. Acordaron también que los primeros quedaban “en libertad de mantener la política militar que creyeren necesaria para proteger el canal contra cualquier desorden(88) ”, asimismo se le asignaban “los derechos incidentales de la construcción, así como el derecho exclusivo para regular y gobernar el canal”, sin importar, claro, el pobre país sobre el que decidieran mancillar a América.

El País fue Colombia. Estados Unidos empezó por un tratado leonino(89) que el Congreso Colombiano rechazó con razón y vigor. Tras ello intentaron una revolución, previa movilización de los Marines al istmo en cuestión: Mr. Loomis, subsecretario de Estado, instruyó con urgencia al crucero “Nashville”, anclado en Jamaica, se presentará en puerto Colón y evitase el desembarco de las tropas colombianas que se enviaran a combatir a los insurrectos. El único problema es que hasta ese momento en Colombia no había “aún” sublevación alguna.

Finalmente, aunque diferido, el 3 de noviembre en la ciudad de Panamá se proclamó la separación de Colombia, los Marines ya estaban prestos a impedir que las fuerzas colombianas enfrentasen a los ahora ¡por fin! sublevados. Con singular prontitud los Estados Unidos reconocieron la independencia de Panamá ¡cuarenta y ocho horas después! y entablaban relaciones oficiales; para el 18 de noviembre suscriben el Tratado Hay-Bunneau Varilla por el cual Panamá cede a perpetuidad todas las tierras de una zona de ocho kilómetros a cada lado de la línea media del canal. Estados Unidos aceptaba estipulando su derecho a emplear la fuerza armada y establecer fortificaciones para la seguridad y protección del canal. De colación, se llevaba las islas Perico, Naos, Culebra y Flamenco. Roossevelt siempre tuvo como uno de sus grandes orgullos a presumir el haberse “apoderado” del canal.

Vendría más tarde Nicaragua. Nuevamente Estados Unidos fragua una revuelta, dos americanos participan en ella con el grado de coroneles revolucionarios colocando una mina para volar vapores del gobierno. Apresados que fueron y previo juicio donde confesaron sus crímenes terminaron en el patíbulo. El presidente Taft desgarró sus vestiduras y tiño de cenizas su cabeza como pretexto para invadir Nicaragua. Nuevamente ¡sangre norteamericana había sido derramada en territorios pretendidos por los norteamericanos!.

En breve los Marines desembarcaron para hacer prevalecer el orden, con su ayuda ocupó la presidencia Juan J. Estrada, cuyo primer acto de autoridad fue aceptar todos los compromisos financieros que Estados Unidos le impuso, dando por aval las rentas de las aduanas del País; siguió con la venta de los ferrocarriles y terminó pidiendo el protectorado norteamericano. Contra las sublevaciones populares la respuesta fue mayor número de Marines hasta que Nicaragua estuvo gobernada de facto por un Mr. Long.

Aranda no se equivocó con relación al coloso temible. Los ejemplos pueden continuarse a lo largo de la historia hasta nuestros días. La pesadilla no tiene fin, la voracidad del coloso tampoco(90) .

Es difícil saber que hubiese pasado de haber atendido Carlos III las propuestas de Aranda, pero es de suponerse que el coloso, al menos, hubiese batallado más para desangrar a nuestros pueblos y ultrajar nuestra dignidad.

La realidad, sin embargo se impone. Nos ha tocado dormir a lado de un elefante y muy alejados de Dios. Tenemos que aprender de nuestra historia, empezando por no olvidarla ni obviarla, para construir en esa vecindad a la que estamos condenados una convivencia civilizada, pacífica, respetuosa y benéfica para ambas partes.


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