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El-Coloso:-Tercera-Parte

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  10-05-2018     nacional   Luis Farias Mackey

Mier y Terán informa(32) que en Texas la población extranjera es ocho veces mayor que la mexicana(33) , que los Estados Unidos preparan su invasión y que México carece de milicia y fuerza de fuego para defender dicho territorio. Alaman, de nuevo Ministro de Relaciones Exteriores, promueve otra ley de colonización(34) , por ésta la federación adquiere el control de la colonización hasta entonces en manos de los Estados y prohibía la internación de nuevos colonos norteamericanos. Por esa época se instalaron las primeras aduanas. En respuesta los colonos norteamericanos hicieron correr el rumor de que las concesiones adquiridas se iban a revocar y la primera revuelta surgió con el providencial apoyo de los navíos norteamericanos Ty, Nelson y Sabina que abrieron fuego contra tropas mexicanas sin el más mínimo prurito hacia el derecho internacional.

En México Santa Anna se levanta contra Bustamante(35) y los colonos norteamericanos viendo en la inestabilidad una oportunidad de oro se aprestan a apoyar al primero. De entonces les viene la moda de apuntalar a fantoches y dictadores. Dicho apoyo se traduce en noviembre de 1832 en una Convención -sin mexicanos- que transmuta en demandas la tan original cual fingida simpatía: abolición de la ley de colonización, supresión de aduanas, exención de impuestos, títulos de propiedad a colonos ilegales, separación de Texas de Coahuila y su erección en Estado de la federación. Menester es recordar que, a diferencia de los Estados Unidos, los colonos norteamericanos adquirieron la tierra mexicana a título gratuito y nunca habían sido gravados fiscalmente. Para enero de 1833 redactaban su constitución y enviaban a Austin con su solicitud a la Ciudad de México. Ésta estaba hundida en luchas fratricidas y como nadie lo atendió éste escribió a Texas que organizaran su propio gobierno sin esperar la autorización de la federación mexicana. El Ayuntamiento de Béjar debía proceder a “organizar un gobierno local para Tejas, en clase de estado de la federación (…) la suerte de Tejas depende de sí mismo y no de este gobierno (federal)(36) ”.

Para su sorpresa el Congreso reaccionó ágilmente, abolió la ley de colonización y rechazó la creación del Estado de Texas. Gómez Farías, entonces presidente, ordenó el encarcelamiento de Austin. Éste, que en 1823, cuando se le concedían todos sus caprichos y excepciones, afirmaba que México era “el más liberal y generoso gobierno de la Tierra para los inmigrantes. Después de una año aquí, nuca querrá uno volver a Uncle Sam(37) ”, una vez preso -y desmemoriado- pasa a opinar que “debe arreglarse el gobierno local de Texas o vender aquel país al gobierno del norte (EUA) a fin de sacar algún provecho de ello (¿más?), antes de perderlo(38) ”.

Austin permanece preso hasta 1835, año en que regresa a Texas para enterarse que Samuel Houston, exgobernador de Tennessee, liderea el movimiento separatista y el gobierno norteamericano azuza el fuego contra México, al tiempo, claro, de desgarrar sus vestiduras haciendo profesión de neutralidad.

En octubre de 1835 triunfa en México el centralismo, los colonos norteamericanos de Texas aprovechan el viaje para desconocer al gobierno mexicano por separarse del sistema federal y establecen un gobierno provisional. Conviene recordar que las primeras concesiones a norteamericanos las otorgó el Imperio de Iturbide, concesiones por las cuales se obligaban a respetar el sistema monárquico, a abolir la esclavitud y a adoptar la religión católica. Nada de ello observaron los norteamericanos que ahora aprovechaban el viaje para independizarse.

Las hostilidades se declaran; el 2 de marzo de 1836 se proclama la independencia de Texas, su Constitución incluye la esclavitud y prohíbe la liberación de los a ella sujetos sin permiso del Congreso. Santa Anna recupera en marzo San Antonio, pero descuidado tras su victoria es derrotado y hecho preso el 22 de abril(39) .

En esa condición, ordena el retiro de las tropas mexicanas más allá del Río Grande (Bravo) que sin fundamento fijan los texanos como frontera, cuando siempre había sido el río Nueces. Vicente Filisola, segundo en mando, acata tan absurdas cuan nulas ordenes y sella la perdida de Texas. Santa Anna, además, firma con Texas los Tratados de Velasco por los cuales declara terminadas las hostilidades, se compromete a pagar toda propiedad o servicio texano utilizado y, en secreto, a lograr el reconocimiento del gobierno mexicano de la independencia de Texas(40) .

La neutralidad de Estados Unidos, además de apoyar económica y moralmente a los texanos, se manifestó enviando al General Gaines a prevenir las violaciones al derecho que las fuerzas mexicanas pudieran hacer contra las texanas, quien las previno violando la frontera mexicana reconocida por los Estados Unidos en tratados internacionales. Para diciembre del 36 las relaciones entre los dos países quedaban rotas.

En marzo de 1837 los Estados Unidos reconocen la independencia de Texas, más no hacen aún la anexión de ella. La tajada de pastel no era aún suficiente para su apetito. Entre tanto, la estrategia norteamericana, a la que se suma Francia, fue magnificar demandas particulares de sus ciudadanos por reclamos de derechos violados con motivo de la guerra, pretexto que veremos repetirse una y otra vez a lo largo de la historia.

A partir de 1840 la fiebre expansionista norteamericana sube a niveles delirantes al sostener “su derecho” a ocupar tierras deshabitadas o gobernadas por tiranos, incluso, en caso necesario, por la fuerza. “El derecho, sostenían, de nuestro Destino Manifiesto a extendernos y posesionarnos de todo el continente concedido por la Providencia para que desarrollemos el gran experimento de la libertad y del autogobierno(41) ”. Nueva versión la de las palabras de Jefferson: “nuestra confederación debe considerarse como núcleo desde el cual toda América, norte y sur, debe poblarse(42) ”.

En 1842 la armada norteamericana toma “por error” Monterey en California. ¡El comandante en jefe desconocía si México y Estados Unidos estaban en guerra o no! La propaganda para anexar Texas era encabezada por el propio presidente Tyler quien días antes de entregar el poder firma el decreto de anexión(43) .

Polk llega a la presidencia de Estados Unidos(44) y con él su ambición por más territorios a costa de México. Para ello fragua una guerra entre México y Texas que le permita intervenir en defensa del segundo, promueve la migración a California, ordena a Zachary Taylor vigilar la frontera mexicana, a David Conner los puertos del Golfo y a John D Sloat estar presto a tomar San Francisco. A México manda a John Slidell con ofrecimientos de adquirir el norte de la República en 40 millones de dólares.

A Taylor se le ordena en enero del 46 avanzar hasta la margen oriental el río Bravo frente a Matamoros(45) . Los ejércitos mexicano y norteamericano se encuentran frente a frente en franca hostilidad. Navíos norteamericanos cierran la desembocadura y esperan con su ejército a que suceda algún incidente que les otorgue la excusa provocada. En eso Polk había sido enfático: “si tenemos guerra no seremos nosotros los culpables(46) ”. Las órdenes de Taylor rezaban: “No se busca, en la situación actual de nuestras relaciones con México, que usted lo trate como a país enemigo, pero si, por declarar la guerra o por cualquier otras acción abiertamente hostil a nosotros, asumiera ese carácter, no tendrá usted que obrar meramente a la defensiva, siempre y cuando los medios de que disponga le permitan obrar en otra forma(47) ”. Instrucciones casi calcadas de las que recibió George Washington del gobernador de Virginia y socio de la Ohio Company con miras a generar la guerra contra los franceses, tomar el Valle de Ohio y expulsarlos del norte de América.

Con Taylor en el Bravo y la desembocadura del río tomada por marines el coronel Hickcock advertía: “no tenemos ni un ápice de derecho de estar aquí… parece como si el gobierno enviará una pequeña fuerza con el propósito de provocar una guerra, para tener el pretexto de apoderarse de California(48) ”. No obstante, cuando los mexicanos parlamentaron con el enviado de Taylor le señalaron que México consideraba un acto de guerra la presencia de tropas norteamericanas en territorio del estado de Tamaulipas (Texas siempre llegó hasta el río Nueces), el enviado contesto que ese no era el criterio de los Estados Unidos y que continuarían en dicho territorio “con derecho o sin el”. En contrapartida declararon a los mexicanos que los Estados Unidos considerarían como acto de guerra cualquier incursión de fuerzas mexicanas a la margen –mexicana- izquierda del río. ¿De quién, pues, eran los actos hostiles y las provocaciones?.

Mariano Arista ordenó entonces al general Anastasio Torrejón cruzará aguas arriba el río Bravo, cosa que hizo y pronto interceptó y capturó una patrulla norteamericana. El 16 de abril con jubilo Taylor informaba a Washington: “puede considerarse que ya comenzaron las hostilidades(49) ”, Polk enardece los ánimos norteamericanos acusando a México de invadir su territorio y derramar “sangre norteamericana en tierra norteamericana(50) ”.

Polk ordena a Taylor marchar, más bien continuar, sobre México. Tras de ello procedió a redactar su mensaje de declaración de guerra; el 13 de mayo dio fuerza de ley a la misma.

Polk tenía su guerra, pero deseaba un tratado de paz que obligará a México a pagar agravios con tierras. Ulises S. Grant calificó con razón a esta guerra como “la guerra más injusta que una nación fuerte haya emprendido contra una más débil(51) ”. En iguales circunstancias el senador por Ohio, Thomas Corwin argumentaba el 11 de enero de 1847 en el Senado norteamericano en el siguiente tenor: “Pero –dice el jefe de esta Comisión de Relaciones Extranjeras- ¡si es la cosa más razonable del mundo! Necesitamos tener la Bahía de San Francisco. ¿Por qué? ¡Porque es el mejor puerto del Pacífico! He tenido, Señor Presidente, la fortuna de haber prestado mis servicios, durante no poco tiempo de mi vida, en juzgados del crimen; pero nunca he llegado a oír que un ladrón, acusado de robar un caballo alegue en su defensa que era el mejor caballo que pudo encontrar en el país. Necesitamos California. ¿Para qué? ‘Para tenerla nosotros’, dice el senador de Michigan; y el senador de Carolina del Sur, creo que, con una idea muy errónea de la política, dice que no podéis evitar que nuestros ciudadanos vayan allá. No es mi deseo impedírselos. Que vayan y busquen la felicidad en el país o en el clima que se les antoje.

“Lo único que les pido es no exigir que nuestro gobierno los proteja con esa sagrada bandera que sólo debe llevarse a una guerra hecha por principios, por verdades eternas y perdurables. Señor Presidente, no es idóneo que nuestra bandera tienda sus pliegues protectores sobre expediciones cuyo fin es el lucro o la adquisición de más territorio. Pero seguís diciendo que necesitáis espacio para vuestros ciudadanos. Éste ha sido el argumento de todos los jefes de bandidos, desde Nemrod hasta el momento actual. Me atrevo a decir que cuando Tamerlán bajó de su trono, levantado sobre setenta mil cráneos humanos, e hizo avanzar sus feroces hordas a nuevas carnicerías, exclamó, como vosotros,: ‘”Necesito espacio!’(52) ”.

Los Estados Unidos y su necesidad de espacio atacaron a México por tierra marchando de Missouri a Santa Fe y California; de Texas hacia Monterrey (Nuevo León) y la Angostura. Por mar se atacaron Monterey y San Francisco en el Pacífico, y Veracruz en el Golfo, bloqueándose además los principales puertos en ambos océanos. Polk supuso que con la ocupación de los territorios del norte de la República los mexicanos nos sentaríamos a mercar nuestro territorio y dignidad. Se equivocó en sus cálculos y se vio obligado a hacer avanzar sus tropas desde Veracruz hasta la capital de la República.

Con la ayuda norteamericana Santa Anna regresa al País. Polk veía en Santa Anna un aliado para cerrar la compra-venta y evitar así los costos de la guerra, pero el quince uñas(53) lo que pretendía era regresar de nueva cuenta a ser Alteza Serenísima, alteza que es pronto derrotada en la Angostura por las fuerzas norteamericanas comandadas por Taylor.

Tras los militares, Polk envía a Nicholas Trist a negociar, no la paz, sino el territorio de Nuevo México y California a cambio de30 millones de dólares. Bajo la mesa demandaban tránsito perpetuo en Tehuantepec y la Baja California.
Scott y sus fuerzas llegan vía Veracruz a la ciudad de México en agosto, el inicio de negociaciones logra un armisticio que, rotas aquéllas el 6 de septiembre, da paso a la heroica defensa popular de la capital, la renuncia de Santa Anna y el traslado del gobierno de De la Peña a Querétaro.

Para entonces Polk pretendía Nuevo México, California y Baja California, paso libre en Tehuantepec y el puerto de Tampico, pero Trist, desobedeciendo órdenes, firmó el Tratado de Guadalupe el 2 de febrero. La indemnización se reducía para entonces a 15 millones.

En conclusión, Estados Unidos se anexa Texas en 1845(54) , en 1846 invade México y en 1848 toma posesión de la franja que se extiende hasta California. México se ve obligado a ceder al “coloso temible” 2.5 millones de kilómetros cuadrados correspondientes a Texas, Nuevo México, Arizona, Alta California y parte de Tamaulipas. “La gran frontera, sostiene García Cantú, hasta la primera mitad del siglo XIX, del sur de Oregón a Texas, fue reducida a 3,300 Kilómetros de longitud en el Tratado de Paz de 1848, distancia idéntica a la que hay de París a Mosc(55)ú ”.

Ésta no sería la única intervención de la Nación vecina(56) , como tampoco la exclusiva en el continente. Los territorios arrancados a México despertaron la voracidad de los expansionistas norteamericanos que quisieron comprar en 50 millones Tamaulipas, Coahuila y Nuevo León, así como parte de Chihuahua y Sonora, y toda la península de Baja California presionando con el tema del Istmo de Tehuantepec y la línea fronteriza en La Mesilla. Las presiones pronto se elevaron a amenazas de guerra. México se vio obligado a firmar el Tratado de la Mesilla(57) concediendo a Estados Unidos derechos de navegación por el río Colorado y el Golfo de California, y tránsito por el Istmo de Tehuantepec, además de entregar la Mesilla por 10 millones de dólares.

Más tarde, cuando triunfa Madero, Estados Unidos amenaza, primero, con pacificar a México a través de una intervención directa alegando que sus nacionales no eran protegidos debidamente por el gobierno mexicano. Por si quedara duda de sus intenciones navíos de guerra estadounidenses anclan frente a puertos mexicanos. Luego, participa descaradamente en el golpe de Estado de Huerta: en su embajada Felix Díaz y Huerta planean la aprehensión y muerte de Madero, mientras el embajador Wilson urde que los principales miembros del cuerpo diplomático acreditados en México exijan la renuncia de Madero en abierta intervención.

Como ha sucedido en tantas otras ocasiones y latitudes, el gorila que imponen pronto deja serles útil, por eso, cuando los constitucionalistas pelean contra Huerta, fuerzas norteamericanas desembarcan y toman la Veracruz para impedir así que éste reciba armamento por ese puerto. Ahora Estados Unidos exige la renuncia de quien apenas ayer impuso a sangre y fuego, más hay engaño, no los mueve ningún afán de justicia, sino la oportunidad de decidir el nuevo gobierno y gobernar sobre él. Ergo, un nuevo pelele. No obstante, tras la renuncia de Huerta se enfrentan con la indomable postura de Carranza en contra de cualquier tipo de intervención. Para el Jefe Constitucionalista lo único sujeto a discusión es la desocupación de Veracruz, lo que aconteció a fines de 1914. Pero su ingerencia pronto regresó: en junio del 15 recuperaban la vieja cantaleta de ayudar a México a salvarse de sí mismo, es decir, permitírseles buscar a la persona idónea para hacerse cargo del gobierno. Los triunfos militares de Carranza se impusieron por sobre tales afanes intervensionistas y Estados Unidos terminó por reconocer a éste. Villa, ofendido, atacó Columbus y Estados Unidos, violando la soberanía nacional, inventó la “expedición punitiva” con 10 mil hombres y 10 meses en territorio mexicano. Para nuestra fortuna la guerra en Europa ocupó a Estados Unidos dando así un respiro a México.

Más tarde, en 1898, como lo había previsto Aranda, los norteamericanos arrebatan a España sus últimas posesiones americanas, Cuba y Puerto Rico. No obstante, desde 1808 encontramos al Presidente Jefferson declarando que “los Estados Unidos se alarmarían de ver pasar a manos de Inglaterra o de Francia la isla de Cuba(59) ”. En 1809 el mismo personaje señalaba que “Napoleón I no pondría dificultades para la agregación de las Floridas y de Cuba a los Estados Unidos como precio de la neutralidad norteamericana en la guerra de independencia de México y de las otras colonias(60) ”. Años después, en 1823, el expresidente Jefferson escribía al presidente Monroe: “siempre consideré a Cuba como la adición más interesante que pudiera hacerse a nuestro sistema de Estados. El control que con la Florida nos diera esta isla sobre el golfo de México y los países y el istmo contiguos, así como las tierras cuyas aguas desembocan en el golfo, asegurarían completamente nuestra seguridad colonial(61) ”. Dicho lo anterior, confiesa: “Sin embargo, como yo sé que este resultado no podrá jamás obtenerse, aun con el consentimiento de la isla, si no es por la guerra, y como su independencia, que es nuestro segundo interés (y especialmente su independencia de Inglaterra), puede ser obtenida sin la guerra, yo no dudo en abandonar mi primer deseo, dejando a la suerte futura el aceptar su independencia con la paz y amistad de Inglaterra, en vez de su agregación a nuestros Estados, que nos costaría la guerra y la enemistad(62) ”. Enemistad con Inglaterra ¡claro! que poco les importaban los cubanos y los españoles. El ojo sobre Cuba estaba echado, sólo el interés encontrado contra Inglaterra los detenían. Fue este apetito y el recelo de que Inglaterra pudiese apoderarse de Cuba, ante la debilidad de España tras Trafalgar, el hipócrita y verdadero origen de la Doctrina Monroe.

Mientras así discurrían estos dos, Adams, a la sazón secretario de Estado, ofrecía a España la compra de la isla, habida cuenta que “ha llegado a ser un punto de importancia absoluta preponderante para los intereses, a la vez políticos y comerciales de la Unión”, porque, “los intereses de la América (véase de nueva cuenta la apropiación) y de Cuba son de tal manera semejantes (...) que (...) no podemos dejar de ver que la anexión de Cuba a los Estados Unidos se impone como una medida indispensable a la seguridad de nuestro país(63) ”. De no darse ahora la anexión, “existen en política leyes de gravitación, sostenía, dejando asomar ya la vena imperialista, como existen en Física, y así como un fruto separado por la tempestad del árbol que lo produce cae necesariamente al suelo, del mismo modo, Cuba, separadamente por la fuerza de sus lazos con España, incapaz por lo demás de dirigir sus negocios por sí misma(64) , debe inevitablemente venir a tomar su lugar en la Unión Americana(65) ”. América, pues, sólo podía ser ya para los norteamericanos, el resto de los habitantes del continente son, al decir de John Adams, como pájaros, bestias y peces, incapaces de establecer la democracia.

En 1848, apoderados ya del territorio mexicano, los Estados Unidos con el Presidente Polk a la cabeza, vuelven a intentar comprar la isla a España en cien millones de dólares. De ese entonces es la famosa respuesta del ministro español Pidal: “... antes de ver la isla de Cuba en poder de otra potencia, preferiría verla sumergida en las profundidades del océano(66) ”.

Los norteamericanos, entonces, procedieron a hundir la isla en un océano revolucionario. Desde su territorio se organizaron, financiaron y coordinaron diversas expediciones “libertadoras”, dos de ellas encabezadas por Narciso López. La segunda, que contó con la participación del mismísimo gobernador de Texas, Mr. Walker, como director revolucionario, fue cercada y batida por las fuerzas españolas, y los “libertadores” fusilados en el Morro el primero de septiembre de 1851.

Los apetitos imperialistas concitaban entonces los haberes de Inglaterra y Francia que prestas propusieron a Estados Unidos un Tratado por el cual declinaban “separada y colectivamente, ahora y para siempre, la intención de poseer Cuba, comprometiéndose a oponerse a toda tentativa que, para hacerse dueña de la isla, hiciera alguna otra potencia o cualquier persona que fuese(67) ”. Tal y como está redactado este texto, se entiende que la oposición sería incluso contra la posibilidad de que los propios cubanos fuesen quienes quisieran obtener la soberanía de su territorio.

Sobra señalar que Estados Unidos se negó a suscribir el tratado arguyendo que “la isla de Cuba está situada a nuestras puertas, domina las inmediaciones del Golfo de México, que baña las orillas de cinco Estados nuestros, cierra la entrada del gran río que riega la mitad del continente americano (nótese el lapsus) (…) La isla de Cuba sería una valiosa posesión en nuestras manos, bajo el punto de vista territorial y comercial. Bajo otro aspecto, podría también ser casi esencial a nuestra seguridad(68) ”. Ergo: “Ninguna administración de este Gobierno podría estipular con las grandes potencias de Europa la no adquisición de la isla de Cuba en ningún tiempo, bajo ningún cambio de circunstancia, por ningún arreglo amigable con España; ni por un acto de guerra legítimo (si esta calamidad llegase a presentarse), ni por consentimiento de los habitantes de la isla, en caso de que se independizasen, ni por la propia conservación de los Estados Unidos(69) ”. ¡Puff!

Ya descarados, el senador por Virginia, Pierre Soulé, sentenciaba: “cuando llegue la hora de las reivindicaciones y de las venganzas, no serán sus murallas, ni sus cañones, ni sus matanzas, ni los edictos de sus pretores, los que salvaran a España de nuestras garras poderosas ”. Este dechado de diplomacia no se equivocaba en que lo único le asistía a Estados Unidos para pretender la isla eran sus “garras”.

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