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IN-MEMORIAM

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  07-03-2018     nacional   ARTURO MARTINEZ CACERES

Recuerdo que a principios de los sesenta se fue a recorrer Europa por primera vez, junto con mamá, volaron por Sabena y luego de Bruselas a París en un helicóptero Sykorsky, del que me regalaron una réplica a escala. Viajaron por tierra por la Francia de sus amores hasta bajar a La Mandrágora donde se dice que BB los invitó a comer una memorable tarde. Y luego Italia, la decadente Venecia, como una vieja madame ya retirada. Y la Toscana, la inigualable Florencia, Siena y Assisi, aquí hicieron cuentas y decidieron regresar a disfrutar los últimos días del muy planeado viaje.

Antes, frente a una vitrina de una callejuela del pueblo de San Francisco, mi madre, materialmente se enamoró de un mantel que adornaba el aparador del barrio principal. “Cómpramelo”, le dijo. El viejo, viendo que el dichoso mantel costaba millones de liras, dicen que volteó y le dijo: “si quieres el mantel es tuyo, pero el presupuesto entonces, será obligadamente de menos días en Francia, tendremos que olvidarnos de Grecia e Inglaterra y ahorrar en casa”. Mamá, que siempre ha sido muy consecuente con sus deseos y leyendo entre líneas contestó: “tienes razón el mantel está precioso, pero vale más París”. Saldado el asunto, ya se retiraban del lugar, cuando en uno de esos rayos del destino que ocurren por que sí, ven que el tendero, con dificultad, trata de pegar en el vidrio exterior, donde el mantel se aprecia, la etiqueta inconfundible, azul y blanco. Se le iluminó la cara, la vió: “ya tienes el mantel” le dijo.

El tendero estrenó esa tarde las ventas del día con la tarjeta de crédito en la maquinita manual que tuvo que aprender a usar bajo la guía del comprador. Tanto platicaron y alabaron la mercancía, que al mismo tendero le dolía vender, que salió la familia a conocer a quién se llevaba el mantel bordado a mano de precio casi inaccesible que tanto tiempo adorno la tienda, la ciudad, la Toscana, la vida del tendero. Salió la esposa, la nona, y la nieta Christina de escasos siete años. Todo fue una conmoción y hubo lágrimas de la nona y de Christina, parece que ninguna entendía a cabalidad la razón de tanta felicidad. El viejo salió un momento de la tiendita y regresó cargado de chocolates y un pequeño muñeco de peluche para la niña. Esa tarde el tendero abrió una botella de chianti y brindó con mis padres. A Christina le gustó el muñeco, pero no la enloqueció. El dijo entonces: “Christina, te vamos a mandar una muñeca enorme, de tu tamaño. Espérate y verás.”

Poco tiempo después regresaron a la entonces transparente y bella, habitable ciudad de México y regresaron a la rutina del trabajo enriquecidos por las vivencias de su viaje.

Indefectiblemente el tiempo va cubriendo nuestros sueños, los modifica, nos hace olvidarlos. Llegó la Navidad y el mantel de mamá fue la sensación de la temporada. En cada cena en familia y con invitados con buen vino y mejor plática oí la felicidad, sentí la felicidad. Ese mantel se convirtió en talismán de buena fortuna. Pasaron los días y la Nochebuena de diciembre, en el nuevo año mi padre echó manos a la obra para cumplir su promesa.

Varias madrugadas estuvo intentando hablar con el embajador de México en Roma. Como hasta la fecha, los embajadores tienen horarios de trabajo sofisticados y no parecidos a los de los mortales, por decir lo menos, más sin embargo mi padre insistió, aunque al día siguiente resintiera las desveladas.

Contestó por fin, con esa seguridad que da el poder, entre arrogante y atento. “Dígame…” le dijo. Al viejo le ví muchas veces igualmente arrogante con los poderosos y seductor y atento con los demás. Le dijo: “Mire usted…le habla un ciudadano que se enamoró de una italiana”. Aquel explotó entre divertido e irónico, “eso nos sucede a todos, y ¿para eso me ha llamado?, ¿cuántas veces?” – “Señor embajador, es que ella tiene siete años” Del otro lado, el embajador ya estaba enganchado sin reconocerlo, “dígame”, le dijo, “soy todo oídos” Y el viejo le contó lo del viaje, la visita a Assisi, lo del mantel y la tarjeta, del tendero que no quería vender, de la esposa, la nona y Christina Y la promesa de enviarle una muñeca de su tamaño. Entonces el embajador insistió; “muy bello su gesto, hace usted mucho por las relaciones México-italianas, por mejorar el mundo: pero ¿yo qué tengo que ver? –“Ah, verá usted, como sabe, en Assis no hay aeropuerto y si mando la muñeca a Roma, a los papás de Christina les será muy difícil recogerla, sacar los permisos, pagar los impuestos”. - “No se preocupe, voy a dar instrucciones para que envíen a Roma la muñeca por paquetería diplomática” -“Muchas gracias señor embajador… y podrían enviarla a Assisi? Entonces el otro emitió algo parecido a un bufido, pero se lo tragó, “está bien, yo me encargo, pero la próxima vez venga a visitarme”.

El viejo y yo fuimos a Ara en Insurgentes y compró una muñecota sonriente de cabello negro, con varios vestidos de recambio y que movía los brazos, las piernas, la cabeza. Esa tarde, con un plumón negro escribió con su bella letra de artista, en una banda de hombro izquierdo a cadera derecha, que confeccionó mamá. “Soy para Christina”. Un par de meses después, en un sobre oficial de la embajada recibimos una nota de agradecimiento del Excelentísimo Señor Embajador y seis fotografías de la fiesta en Assisi, cuando el Bentley negro con placas diplomáticas, con dos banderas; una verde, blanco y rojo del lado delantero derecho y otra verde, blanco y rojo con una águila en el centro devorando una serpiente en el lado delantero izquierdo ondeaban bajo el cielo azul de la Toscana y con la sonrisa del pueblo de Assisi. Los vecinos salieron asombrados, caminaron tras el carro negro que apenas cupo en la callejuela, hasta la casa de la familia Tordoni y ahí el segundo secretario de la embajada, preguntó por la señorita Christina y le entregó el paquete con la muñecota, junto con un ramo de flores blancas y rojas. En otra fotografía, se ve a la niña llorando, a la nona llorando, a la esposa llorando y al tendero que se cubre la cara.

Casi al mismo tiempo llegó a casa el sobre con vistosos timbres de la costa amalfitana, con una breve carta de los Tordoni, con su agradecimiento y un corazón rojo con flecha atravesado y gotas sangrantes con dos letras mayúsculas iluminadas de muchos colores: C y A.

Cuando el rayo de la buena fortuna me tocó a mí, viajé a Italia y fui a Assisi. Christina y yo salimos esa tarde a pasear y yo, en silencio, recordé a mi viejo. “¿Qué tienes?”, preguntó ella - “Sabes, le dije, siento que hace tiempo nos conocemos” - “Sí, dijo ella, yo siento lo mismo”. Juro que la muñeca sonrió igual que ella.

(Cuento está en prensa, Ed Benma).

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Fuente: #LFMOpinion


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